jueves, 12 de febrero de 2009

Beauty

Mire hacia donde mire, tan sólo veo belleza. Incluso en la muerte. Tengo mi propia percepción y comprensión de la idea de Dios y, de algún modo, soy capaz de ver eso que puedo llamar Dios en todo lo que observo cuando lo que veo es belleza incluso en las cosas más vulgares. Es como si, estando atento a cada momento y descubriendo la belleza de todo cuanto me rodea, por un instante, si estoy atento, pudiera verle directamente a los ojos. Quizás entenderías esto que digo si comprendieras lo que entiendo por "Dios". Pero, sea como sea, aun así no lo entenderías de no haberlo experimentado.

La belleza de la que hablo a veces me resulta tan infinita y abrumadora que comprendo que el paraíso o el infierno son ambos una elección que realizo en cada momento. Comprendo que ambos son, más allá de lo que podría describir como físico, reales.

Querido lector, te invito a encontrar el paraíso por ti mismo, y no esperar a que llegue por sí solo.

Tan sólo dos palabras que sí puedes comprender de todo esto con toda seguridad:

TÚ PUEDES.

sábado, 7 de febrero de 2009

Nirvana

¿Existe un comienzo?

por Francis Story

Traducción española por Marco Ornelas

No es que el buddhismo niegue la teoría de un Dios-Creador, pero considera la hipótesis no sólo innecesaria, sino también incompatible con los hechos conocidos. Si para poder existir el mundo debió haber tenido un creador que lo antecediera, ¿cómo es que este mismo creador llegó a existir, y por medio de qué leyes estaba gobernada su naturaleza? Si tal ser fue capaz de existir sin un creador, la única razón para asumir su propia existencia es removida, porque el mundo mismo puede igualmente existir sin una causa que le anteceda. ¿Pudiera decirse entonces que el universo y el proceso de vida tuvieron algún comienzo, o estamos obligados a pensar en términos de comienzos sólo debido a las limitaciones de nuestra propia mente?

Un comienzo es un evento que tiene que suceder en un punto específico del espacio y del tiempo. No puede ocurrir en el vacío sin tiempo porque las tres condiciones del tiempo -pasado, presente y futuro- que son necesarias para que suceda cualquier evento, no pueden darse en un estado sin tiempo. Para que cualquier evento suceda, debe existir el tiempo antes de que suceda (pasado); el tiempo en que sucede (presente) y el tiempo después de que sucede (futuro). Pero el tiempo es todo él un concepto relativo: deben existir eventos sucediéndose para hacer posible que el tiempo exista, y es sólo a través de ciertos eventos sucediéndose regularmente, tales como la rotación diaria de la tierra y los cambios de estaciones, como el tiempo puede ser conocido y medido.

El acontecer de eventos necesita de la existencia de cosas. Por cosas queremos decir objetos que ocupan espacio y que por sus movimientos entre sí marcan no sólo divisiones en el tiempo, sino también áreas medibles en el espacio. Espacio y tiempo son entonces una unidad; un todo cualitativo con partes cuantitativas o relaciones. Podemos considerarlas por separado, pero no podemos adelantar ninguna declaración sobre una que no involucre en cierta manera a la otra. En una pincelada ésta es la base de la teoría de la relatividad. El conocimiento del espacio y del tiempo depende de la conciencia y de la posición sin ningún punto fijo de observación. El movimiento espacial y temporal es común tanto al observador como al objeto observado, de tal manera que lo que puede ser conocido no es una "cosa" sino simplemente una relación.

Cuando esto es comprendido se desprende que nunca pudo haber existido un comienzo –un origen que surge de la nada– del universo o del proceso de vida. Es cierto que el universo como lo conocemos se desarrolló de la materia dispersa de un universo previo, y cuando desaparezca, sus restos, a la manera de fuerzas activas, darán nacimiento, después de un tiempo, a otro universo en exactamente la misma forma. El proceso es cíclico y continuo. El complejo espacio-tiempo es curvo, y en una construcción curva de interrelaciones no puede haber un punto de origen o salida, de tal manera que en estas series de causas relacionadas es inútil buscar una Causa Primera. Tenemos la tendencia a buscar primeras causas y las pensamos necesarias sólo porque nuestras mentes están condicionadas a la relatividad temporal y espacial; la mente, por su propia naturaleza, debe operar dentro del mecanismo del cual es ella misma una parte; sólo puede tratar con relaciones. Esta es la razón por la que se dice en textos buddhistas –"no es posible descubrir el origen de los fenómenos, y no se puede encontrar el origen de los seres obstruídos por la ignorancia y entrampados por el deseo ".

De la misma forma que un universo da origen a otro a través de la energía residual que continuamente se renueva a sí misma –eso es, por medio del principio de la indestructibilidad de la materia– en esta misma forma la vida de un ser da origen a otro ser que no es el mismo en identidad y que no implica un ser inmutable, permanente. Aquello que los une es llamado en el buddhismo "kamma", o actividad volitiva; la continuación del proceso causal es llamada "samsara", o los ciclos del renacimiento; la actualidad del renacimiento y de la existencia sin ningún principio permanente de identidad o ser es llamada "anatta".

Cuando se dice que los ciclos del mundo o períodos del mundo, conocidos en el buddhismo como kappas, son de una duración inmensurable, debe ser recordado que todos los conceptos de tiempo son relativos; los medimos desde nuestra propia posición. En un contexto espacial inmensurablemente más vasto, el contexto del tiempo se alarga correpondientemente, de tal manera que eventos que cubren millones de años con nuestros cálculos, pueden ser medibles en términos de segundos. El cerebro puede enredarse con el concepto de infinitas construcciones espaciales-temporales que encajan o se impregnan entre sí interminablemente en todas direcciones, pero no está totalmente fuera de las posibilidades de la imaginación humana. Aparece con bastante frecuencia en el pensamiento buddhista; hay un número infinito (expresado convencionalmente como "diez mil", o "incalculable") de universos y treinta y un planos de existencia que tienen amplias diferencias en la medida del tiempo.

Lo que es impensable es un estado no-causal donde ni el espacio, ni el tiempo ni los eventos tienen existencia alguna. Esto tiene que ser comprendido por medio de la percepción directa, lo que significa deshacerse de las cadenas de la relatividad y de sus conceptos y procesos, y contactar dentro de uno mismo el "asankhata" o elemento incondicionado. La mente pensante, racional y discursiva, al agotar su exploración de los fenómenos y descubrir que todos ellos son impermanentes y carentes de realidad esencial, debe trascender este mecanismo, parar los impulsos generativos, y así producir la liberación final de todos los procesos. Esta liberación final es llamada Nirvana.

sábado, 31 de enero de 2009

Universal

Resultó una vez que un jóven muchacho conoció el amor, pero no el amor hacia una mujer o propio de una obsesión de adolescente, sino el amor a todo cuanto le rodeaba. Nunca había pensado que pudiera sentir algo así. Cada piedra tenía una belleza característica, cada río producía un sonido diferente, cada árbol era algo vivo y maravilloso. No había criatura que no fuera fascinante para el jóven, ni objeto inanimado que no tuviese una esencia a descubrir.

Éste jóven era dado a las explicaciones científicas, y a la vez estaba encantado por la fantasía inexplicable. De hecho, siempre pensó que la fantasía surgía la imaginación, y de esta, todo lo real del mundo. Y el día que sintió ese amor descontrolado, se quedó dormido sobre un pupitre y acto seguido notó cómo su espíritu o alguna otra cosa sin forma y translúcida salía despedido de su cuerpo hacia arriba, sin control. Atravesó el techo que había sobre él y pronto se vio alejándose de La Tierra. Tuvo miedo de alejarse tanto que no supiera volver y se frenó, regresando a entrar en el planeta aunque ahora ya consciente de lo que ocurría y dirigiéndose a Japón, donde siempre había querido ir. Podía viajar a la velocidad de la luz y en seguida llegó al país oriental, donde, conmocionado, buscó un tejado en el que sentarse a recobrar el conocimiento. Desde el tejado, con una forma característica de los adornos japoneses, escuchó y a penas alcanzó a ver unos fuegos artificiales. De pronto pensó que no sabía si podría volver a su cuerpo y pensó fervientemente en regresar, a lo que su cuerpo actuó como una cadena que lo llevó de vuelta. Una vez llegó a su cuerpo, despertó.

El jóven estuvo pensando si habría sido un sueño, ¡realmente pensaba que había sido real! Además, ¿cómo, habiéndo sido un sueño, habría despertado justamente en el momento en el que su espíritu regresaba a su cuerpo? No tenía sentido, pero se sentía bien, mejor que nunca. Era un sentimiento de serenidad motivado por ese amor que había sentido poco antes.

Durante sus cortos años de vida, este chico siempre había sido un luchador. Le costaba darse por vencido si encontraba algo que le costase alcanzar. Recuerdo que con tan sólo siete años se enamoró por primera vez de una chica de su clase de primaria. Al año siguiente esta chica cambió de colegio y el jóven no volvió a saber de ella, aunque hubo muchos días que la olvidaba, había muchas noches que no podía resistir derramar algunas lágrimas por ella. Cuatro años después la localizó en otro colegio, logró convencer a sus padres para cambiarse a ese nuevo colegio, que era un colegio inglés, y cuando la encontró no pudo creerse el cambio que esta muchacha había sufrido. Ya no le parecía atractiva, y parecía algo antipática. Ella no le reconoció al principio, ni él a ella. Dos semanas después volvió a convencer a su familia para regresar al colegio del que se había marchado. Había descubierto que la niña que había conocido ya no existía.

En otra ocasión, el jóven decidió ser el mejor de sus amigos jugando al tenis, puesto que suponía una carga al ser el peor de ellos. Tres meses después, ya había logrado su objetivo. Se había apuntado a un club de tenis profesional y había aprendido lo suficiente. Lo dejó una vez logrado su objetivo y tras un tiempo dejó de ser el mejor, pero ya no le importaba. Sabía que ya pasó el tiempo en que logró lo que se propuso, luchó por lo que se propuso.

En definitiva, siempre intentaba lograr algo nuevo y complicado para él. Pero el jóven no se daba cuenta de que esto era parte de su ego, esa pequeña vocecilla que nos incita a ser mejores que alguien en algo o que nos hace sentirnos dolidos cuando nos insultan. Simplemente, ego.

Un día, años antes de ese viaje espiritual a Japón, alguien supo ver ese ego y aprovecharse de él. Esta tercera persona se convirtió en el mejor amigo del jóven y lo manipuló en ciertas ocasiones para hacer ciertas acciones. No obstante, el jóven sabía que había algo bueno en ello. No entendía bien lo que ocurría, pero sabía y sabe que lo que hizo nunca reportó ningún beneficio material al tercero. Más bien, conociendo a esta tercera persona el jóven había encontrado su talón de aquiles, alguien a quien no podía superar. Su ego hablaba por él y le había dicho que él era inteligente, y el jóven sabía que el tercero lo era más. ¿Cómo podía ser? Nunca había encontrado a nadie más inteligente que él y ahora... alguien lograba desquiciarlo y lo incitaba a hacer lo que ese alguien quisiera. Ahora se da cuenta de que lo que esa tercera persona hizo por él, a pesar de causarle un sufrimiento psicológico extremo, era bondadoso. Y, por extraño que parezca, digo esto porque siempre le estuvo agradecido. A raíz de eso, pudo convertirse en un guerrero.

Él siempre definía ser un guerrero de múltiples maneras, pero en sus explicaciones nunca se ausentaba la palabra amor. Él definía el amor como un estado de conciencia que permitía el bienestar, la felicidad. Nunca decía que la felicidad era, como comúnmente se conoce, alegría, fama o gloria. Simplemente, bienestar, estar saludable y ser consciente de que lo estás, saber que te ocurren cosas que muchos considerarían un problema y estar bien con esas cosas, en paz, sin conflicto.

Creo que fue tras ese primer viaje a Japón cuando comprendió lo que significaba aquello que ya había leído antes, sin comprender: "ser uno con la nada y con el todo", "el no-ego, no-yo, vacuidad". Y hoy escribo estas líneas en memoria, no de su persona (pues esto no tiene importancia), sino de sus ideales. Fue una de esas personas capaces de dar la vida por alguien a quien no conocía de nada, una especie en extinción en nuestros días.

Recuerdo que cuando le preguntaban de dónde era, él decía: "soy del mundo". Si le preguntaban por su nombre, decía cualquiera que se le ocurriese en ese momento. En definitiva, era un hombre misterioso, diferente a todos, ante lo que él respondía: "todos somos la misma cosa, ninguno de nosotros es diferente. A lo sumo, hacemos cosas diferentes, pensamos diferente e incluso reímos diferentes. Pero todos somos uno."

Hoy en día nadie sabe dónde se encuentra a este muchacho, pero se dice que se le puede ver de varias formas. Puede ser en forma humana, en un sueño, o simplemente en forma de vida. Él siempre está observando. Y gracias a él es que soy capaz de hacer la siguiente reflexión, el verdadero mensaje de este texto se encuentra contenido en las siguientes palabras:

"Felicidad, nueve letras dispuestas en un orden determinado, como lo están los planetas y todas las cosas del Universo, las células de nuestro cuerpo, las moléculas de agua en el mar...

Todos los días mueren personas, si no lo hicieran, tarde o temprano moriríamos todos.
Todos los días nacen personas, si no lo hicieran se extinguiría la vida, o eso pensamos.
Y todos los días millones de personas se preguntan cómo podrían mejorar sus vidas. Si no tienen trabajo, buscan trabajo. Si tienen trabajo, buscan no trabajar. Si algo está lo suficientemente perfecto, les molesta. Si está imperfecto, también se sienten molestos. ¡Ni ellos mismos se comprenden!
Hoy, aquí, ahora, bajo la luz fosforescente y las estrechas paredes de esta habitación forrada de ladrillos, me pregunto... ¿por qué soy tan feliz? La respuesta es simple para mí; cuando me aflijo, dejo florecer mis sentimientos en privado con la mayor intensidad posible, de modo que mi expresión de sentimientos dura segundos; no deseo, no tengo nada que desear, tengo el 100% de lo que necesito, y si algo de lo que ahora tengo dejara de tenerlo, seguiría teniendo el 100% de lo que requiero.; en definitiva, puedo decir y digo que soy feliz porque estoy conforme con mi condición, estoy conforme con todo lo que ocurre a mi alrededor, no presento conflicto, ni fuera ni dentro de mi.; no soy alguien, no soy algo, no soy uno. Quizás a ojos de la ciencia esto no tenga sentido, pero de cara a mi mismo, yo no soy un ente en mí mismo, soy una pieza más de un ajedrez gigante donde ninguna pieza tiene más valor que otra, soy uno de los cuadros del tablero, soy parte de un todo orgánico, y mi consciencia de ser un individuo es el infierno al que Dios nos castigó. Depende de uno mismo salir de ese infierno. Observa lo que digo en los animales. Ellos no tienen consciencia de ser alguien, y ellos no pueden sentir nada distinto a la felicidad. Nunca no están conformes con algo, no presentan conflicto y la oruga vuela cuando ha comprendido que no es oruga.

sábado, 24 de enero de 2009

Utopía (I)

Mi padre me dijo una vez que hay 3 cosas que un hombre debe hacer para ser completo: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Más tarde supe que la frase no era suya, pero no por eso tuvo un efecto diferente en mí. Yo habría añadido que para ser completo uno necesita enamorarse y ser correspondido, aunque supongo que el autor de esta frase ya presuponía esta parte al decir lo de tener un hijo.

El título de esta entrada es el título del libro que he comenzado a escribir, a fuego lento pero cuidadosamente. Iré colgando aquí todo lo que vaya escribiendo al respecto, pues en este libro voy a tratar de transmitir muchas cosas e, independientemente de que una editorial decida publicarlo o no, quiero que sea leído.

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Últimamente he estado preguntándome por qué me atraes tanto. Como la atracción propia de alguien atraído por amor. Y cuanto más he intentado encontrar la respuesta, más me he dado cuenta de que no existe dentro de la lógica.

No sé por qué ocurre, pero sé que ocurre. Sé que quiero conocerte y conocer tus secretos, sé que quiero confiar en ti. Y sé que no debo.

Mientras te escribo estas líneas veo tu rostro una vez más, con ternura y con la expresión inocente y soñadora que caracteriza a las buenas personas.

Finalmente, aunque no voy a mandarte esta carta, la escribo porque en el fondo de mi corazón yace la esperanza de que, algún día, la leas. Quiero que sepas la verdad, quiero que sepas que alguien te quiso una vez, quiero que sepas que yo te quise una vez.



Durante mucho tiempo he predicado la honradez, la justicia, ideologías basadas en vivir el momento presente, el cultivo del alma, el culto hacia el amor, la autosuperación, entre otras similares. Sin embargo, no soy capaz de llevar a cabo mucho de lo que trato de enseñar cuando se trata de Abril. Siempre que pienso en ella, recuerdo, vivo en el pasado, me vuelvo algo egoísta por querer que tan sólo fuera mía, me pongo celoso con facilidad, la honradez desaparece para dar paso a la pasión y a todo aquello cuyo fin fuera preservar lo nuestro.

Aún a día de hoy me planteo la decisión de haberla abandonado, de haberle dicho que ya no estaba bien con ella, de haberle mentido. Fui cobarde. La verdad es que aún recuerdo esa sensación de miedo que sentía, mi amor por ella, nuestro amor, iba aumentando vertiginosamente, sin pausa y a un ritmo extraordinario. De pronto me asaltaron las dudas. Ya varias veces le había preguntado si se casaría conmigo, en broma claro. La respuesta siempre era un serio no. Y cuando comencé a cuestionarme que el día en que lo nuestro se acabaría de forma drástica tarde o temprano llegaría, me entró el pánico de que, cuando ese día llegara, ya fuera demasiado tarde para que yo superara la pérdida de la persona a la que más he amado en la vida. No me di cuenta de que ese momento ya había llegado.

Desde ese momento, muchas cosas ocurrieron. Ella no tardó en encontrar un sustituto ni en convertir el amor que me profesaba en odio. Yo, por otra parte, no tardé en morir un poco más. Ha pasado algo más de dos años desde aquello y, aunque ya no la quiero a ella, sigo queriendo a la que fue. Ahora mismo, la persona de la que me enamoré ya no existe. Supongo que herí su orgullo, puesto que según la reputación que esta chica tenía, yo nunca debí de haber sido su pareja. Pero cuando se quiere como yo la quería, el orgullo no tiene lugar.

En estos últimos años he tratado de mantener contacto con ella, pero fue en vano. Al menos un día logré que aceptara quedar conmigo y charláramos. No pude contenerme y le pedí perdón por lo sucedido, de nuevo. Resulta que, me dolían mucho más las consecuencias de lo sucedido que lo sucedido en sí mismo. La persona en la que se había convertido tras ese momento era todo lo contrario de lo que le hubiese deseado.

No obstante, las consecuencias de lo ocurrido en mi fueron muy diferentes. Aprendí que del dolor se aprende. Y tras el dolor que pasé y del cual aun hoy en día siento algún resquicio, resultó que maduré. No obstante, no volvería a conocer el amor hasta mucho más tarde.
Recuerdo que aquel dolor intenso, por el cual preferiría morir antes que volver a sentir, fue la causa de un cambio radical en mi forma de pensar. Al principio era incapaz de relacionarme con normalidad y, menos aun con mujeres. El estado de ánimo y el momento no eran los adecuados. Sin embargo, pronto eso cambiaría, comenzaría a entender algo del pensamiento femenino, lo estudié, perdí el miedo al fracaso, perdí el miedo en general y, aunque comenzó a resultarme relativamente sencillo mantener alguna relación con el sexo opuesto, ninguna me completaba. Ya no le daba ningún valor a tener pareja o no. Me daba igual, ya nada me importaba porque nada tenía sentido.

Durante ese tiempo, muchas cosas cambiaron. Entre otras, yo me fui de España a Costa Rica, a estudiar Medicina.

jueves, 15 de enero de 2009

Palabras de seda

A menudo tratamos de entenderlo todo, de controlarlo todo. Y, a menudo también, no aceptamos (quizás ni nos lo planteamos) que hay cosas que escapan a nuestro control. Cuando aceptamos esto plenamente nos sentimos bien con muchas más cosas que ocurren a nuestro alrededor. Comprendemos que somos parte del movimiento natural del mundo. Somos parte de la naturaleza, y está en nuestra naturaleza pensar, al igual que está en la naturaleza de los gatos maullar.

Dudo mucho que estos animales "hablen" entre los de su especie. Lo que hacen supongo es transmitir el único sonido que son capaces para pedir lo que quieren. Igual ocurre con los bebés, con la diferencia de que el cerebro de estos se desarrolla cada día más y pronto comienza a dar un significado a cada uno de los sonidos que escucha. Sin embargo, los gatos no poseen tal cerebro. Y, a pesar de que muchos (pues la hipocresía, ego, orgullo y prepotencia del mundo es mucha) pensaréis que por tal cerebro somos afortunados, yo pienso lo contrario. Es esta capacidad de pensar lo que nos hace percibir el mundo como lo hacemos, este libre albedrío es parte de nuestra naturaleza y, al mismo tiempo, somos animales sin lo mejor de estos. Con esto quiero decir que ellos no tienen por qué decidir "tantas" cosas como nosotros. No se sienten molestos excepto por el único animal con esa libertad de decisión: el hombre. Todo lo demás, son respuestas automáticas y naturales para satisfacer sus necesidades primarias.

Cultivamos la música, el arte, el estudio, la gastronomía, la ciencia... cultivamos muchísimas cosas que deben ayudarnos a hacernos sentir bien (lo cual no significa alcanzar un sentimiento de bienestar, aunque la diferencia es enorme, la línea que separa ambos conceptos es extremadamente delgada), y sin embargo las convertimos en obsesiones, motivos de disputas y discusiones innecesarias con nuestro congéneres, etc. Más tarde, nos llamamos inteligentes a nosotros mismos. Al único animal del mundo que mata a los de su propia especie. Incluso las personas de mayor intelecto de nuestra especie se ven a menudo sometidas a depresiones e incluso rechazo de parte del resto de la población que le rodea y, de no ser así, de actitudes detestables. Absurdo.