Resultó una vez que un jóven muchacho conoció el amor, pero no el amor hacia una mujer o propio de una obsesión de adolescente, sino el amor a todo cuanto le rodeaba. Nunca había pensado que pudiera sentir algo así. Cada piedra tenía una belleza característica, cada río producía un sonido diferente, cada árbol era algo vivo y maravilloso. No había criatura que no fuera fascinante para el jóven, ni objeto inanimado que no tuviese una esencia a descubrir.
Éste jóven era dado a las explicaciones científicas, y a la vez estaba encantado por la fantasía inexplicable. De hecho, siempre pensó que la fantasía surgía la imaginación, y de esta, todo lo real del mundo. Y el día que sintió ese amor descontrolado, se quedó dormido sobre un pupitre y acto seguido notó cómo su espíritu o alguna otra cosa sin forma y translúcida salía despedido de su cuerpo hacia arriba, sin control. Atravesó el techo que había sobre él y pronto se vio alejándose de La Tierra. Tuvo miedo de alejarse tanto que no supiera volver y se frenó, regresando a entrar en el planeta aunque ahora ya consciente de lo que ocurría y dirigiéndose a Japón, donde siempre había querido ir. Podía viajar a la velocidad de la luz y en seguida llegó al país oriental, donde, conmocionado, buscó un tejado en el que sentarse a recobrar el conocimiento. Desde el tejado, con una forma característica de los adornos japoneses, escuchó y a penas alcanzó a ver unos fuegos artificiales. De pronto pensó que no sabía si podría volver a su cuerpo y pensó fervientemente en regresar, a lo que su cuerpo actuó como una cadena que lo llevó de vuelta. Una vez llegó a su cuerpo, despertó.
El jóven estuvo pensando si habría sido un sueño, ¡realmente pensaba que había sido real! Además, ¿cómo, habiéndo sido un sueño, habría despertado justamente en el momento en el que su espíritu regresaba a su cuerpo? No tenía sentido, pero se sentía bien, mejor que nunca. Era un sentimiento de serenidad motivado por ese amor que había sentido poco antes.
Durante sus cortos años de vida, este chico siempre había sido un luchador. Le costaba darse por vencido si encontraba algo que le costase alcanzar. Recuerdo que con tan sólo siete años se enamoró por primera vez de una chica de su clase de primaria. Al año siguiente esta chica cambió de colegio y el jóven no volvió a saber de ella, aunque hubo muchos días que la olvidaba, había muchas noches que no podía resistir derramar algunas lágrimas por ella. Cuatro años después la localizó en otro colegio, logró convencer a sus padres para cambiarse a ese nuevo colegio, que era un colegio inglés, y cuando la encontró no pudo creerse el cambio que esta muchacha había sufrido. Ya no le parecía atractiva, y parecía algo antipática. Ella no le reconoció al principio, ni él a ella. Dos semanas después volvió a convencer a su familia para regresar al colegio del que se había marchado. Había descubierto que la niña que había conocido ya no existía.
En otra ocasión, el jóven decidió ser el mejor de sus amigos jugando al tenis, puesto que suponía una carga al ser el peor de ellos. Tres meses después, ya había logrado su objetivo. Se había apuntado a un club de tenis profesional y había aprendido lo suficiente. Lo dejó una vez logrado su objetivo y tras un tiempo dejó de ser el mejor, pero ya no le importaba. Sabía que ya pasó el tiempo en que logró lo que se propuso, luchó por lo que se propuso.
En definitiva, siempre intentaba lograr algo nuevo y complicado para él. Pero el jóven no se daba cuenta de que esto era parte de su ego, esa pequeña vocecilla que nos incita a ser mejores que alguien en algo o que nos hace sentirnos dolidos cuando nos insultan. Simplemente, ego.
Un día, años antes de ese viaje espiritual a Japón, alguien supo ver ese ego y aprovecharse de él. Esta tercera persona se convirtió en el mejor amigo del jóven y lo manipuló en ciertas ocasiones para hacer ciertas acciones. No obstante, el jóven sabía que había algo bueno en ello. No entendía bien lo que ocurría, pero sabía y sabe que lo que hizo nunca reportó ningún beneficio material al tercero. Más bien, conociendo a esta tercera persona el jóven había encontrado su talón de aquiles, alguien a quien no podía superar. Su ego hablaba por él y le había dicho que él era inteligente, y el jóven sabía que el tercero lo era más. ¿Cómo podía ser? Nunca había encontrado a nadie más inteligente que él y ahora... alguien lograba desquiciarlo y lo incitaba a hacer lo que ese alguien quisiera. Ahora se da cuenta de que lo que esa tercera persona hizo por él, a pesar de causarle un sufrimiento psicológico extremo, era bondadoso. Y, por extraño que parezca, digo esto porque siempre le estuvo agradecido. A raíz de eso, pudo convertirse en un guerrero.
Él siempre definía ser un guerrero de múltiples maneras, pero en sus explicaciones nunca se ausentaba la palabra amor. Él definía el amor como un estado de conciencia que permitía el bienestar, la felicidad. Nunca decía que la felicidad era, como comúnmente se conoce, alegría, fama o gloria. Simplemente, bienestar, estar saludable y ser consciente de que lo estás, saber que te ocurren cosas que muchos considerarían un problema y estar bien con esas cosas, en paz, sin conflicto.
Creo que fue tras ese primer viaje a Japón cuando comprendió lo que significaba aquello que ya había leído antes, sin comprender: "ser uno con la nada y con el todo", "el no-ego, no-yo, vacuidad". Y hoy escribo estas líneas en memoria, no de su persona (pues esto no tiene importancia), sino de sus ideales. Fue una de esas personas capaces de dar la vida por alguien a quien no conocía de nada, una especie en extinción en nuestros días.
Recuerdo que cuando le preguntaban de dónde era, él decía: "soy del mundo". Si le preguntaban por su nombre, decía cualquiera que se le ocurriese en ese momento. En definitiva, era un hombre misterioso, diferente a todos, ante lo que él respondía: "todos somos la misma cosa, ninguno de nosotros es diferente. A lo sumo, hacemos cosas diferentes, pensamos diferente e incluso reímos diferentes. Pero todos somos uno."
Hoy en día nadie sabe dónde se encuentra a este muchacho, pero se dice que se le puede ver de varias formas. Puede ser en forma humana, en un sueño, o simplemente en forma de vida. Él siempre está observando. Y gracias a él es que soy capaz de hacer la siguiente reflexión, el verdadero mensaje de este texto se encuentra contenido en las siguientes palabras:
"Felicidad, nueve letras dispuestas en un orden determinado, como lo están los planetas y todas las cosas del Universo, las células de nuestro cuerpo, las moléculas de agua en el mar...
Todos los días mueren personas, si no lo hicieran, tarde o temprano moriríamos todos.
Todos los días nacen personas, si no lo hicieran se extinguiría la vida, o eso pensamos.
Y todos los días millones de personas se preguntan cómo podrían mejorar sus vidas. Si no tienen trabajo, buscan trabajo. Si tienen trabajo, buscan no trabajar. Si algo está lo suficientemente perfecto, les molesta. Si está imperfecto, también se sienten molestos. ¡Ni ellos mismos se comprenden!
Hoy, aquí, ahora, bajo la luz fosforescente y las estrechas paredes de esta habitación forrada de ladrillos, me pregunto... ¿por qué soy tan feliz? La respuesta es simple para mí; cuando me aflijo, dejo florecer mis sentimientos en privado con la mayor intensidad posible, de modo que mi expresión de sentimientos dura segundos; no deseo, no tengo nada que desear, tengo el 100% de lo que necesito, y si algo de lo que ahora tengo dejara de tenerlo, seguiría teniendo el 100% de lo que requiero.; en definitiva, puedo decir y digo que soy feliz porque estoy conforme con mi condición, estoy conforme con todo lo que ocurre a mi alrededor, no presento conflicto, ni fuera ni dentro de mi.; no soy alguien, no soy algo, no soy uno. Quizás a ojos de la ciencia esto no tenga sentido, pero de cara a mi mismo, yo no soy un ente en mí mismo, soy una pieza más de un ajedrez gigante donde ninguna pieza tiene más valor que otra, soy uno de los cuadros del tablero, soy parte de un todo orgánico, y mi consciencia de ser un individuo es el infierno al que Dios nos castigó. Depende de uno mismo salir de ese infierno. Observa lo que digo en los animales. Ellos no tienen consciencia de ser alguien, y ellos no pueden sentir nada distinto a la felicidad. Nunca no están conformes con algo, no presentan conflicto y la oruga vuela cuando ha comprendido que no es oruga.
Todos tenemos algo en nuestro interior que intenta expresarse, pero estamos demasiado atareados en temer a ello que no sabemos escucharlo, e incluso cuando intentamos hacerlo tememos por si no lo conseguimos...
ResponderEliminarNo importa si alguien hizo de catalizador, lo que realmente importa es que tu has tenido el valor y la determinacion necesarias para escuchar a tu interior... pero como ya intuirás esto no acaba aquí.
¿Aguantarás como un guerrero?